Por estos días el miedo acecha más de lo normal. Qué importan 30 millones de pesos por la cabeza de un fiscal regional —como fue el caso de Alejandro Peña Ceballos—, si en las audiencias públicas se puede agredir a cualquiera. Eso no tiene precio, ¿o sí?... En plena médula de la Reforma Procesal Penal, los propios imputados muestran la cruda realidad de la que no les importa formar parte.
Así ocurrió con Gustavo González Berríos, uno de los 18 integrantes de la banda de narcotraficantes de La Legua, conocidos como los “Cara e’ pelota”. Hace unos días en plena audiencia tomó una gillette y se cortó la frente sin importar la presencia de los medios de comunicación, familiares, ni autoridades. “Cara e’ palo”.
Entre la versión de los familiares, consta que lo hizo para que no lo llevaran a la cárcel mientras se lleva a cabo el juicio por tráfico ilícito de drogas y porte ilegal de armas. Entre otros inescrupulosos se comenta que con un filo similar “han querido hacerle cariño” al fiscal Alejandro Peña, quien lleva dicha causa. El mismo que ha desbaratado bandas de parecido calibre en la zona sur desde hace varios años. Como en la operación “Danubio Sur” en el 2006.Es así como el miedo se apodera los visitantes del Centro de Justicia. La seguridad parece no dar a bastos y no sólo en las pequeñas y frías salas de audiencias. En las afueras del vidrioso recinto, pasos de los guardias de turno, una mujer corrió tras un ladrón que le robó una chaqueta de cuero negra. Por las palabras y vestimenta, tal pareció que la mujer también la obtuvo por “$1.810 o milochorié”, en buena jerga vulgar.
Pero adentro y no a ratos, el miedo es extrañamente cotidiano. Un garabato a diario es poco. No le hace mal a nadie cuando es pan de cada día. Total, si te ven todos los días en un banquillo mientras dura el juicio, con cámara en mano, grabadora, lápiz y papel… puede que hasta los amigos te cierren el ojo o te conviden un pancito.


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